Una pendiente de piedras que creì interminable, el sudor en el cuerpo y corazones palpitantes.
Siempre supe que la recompensa visual en ese lugar serìa lo que habìa imaginado desde que leì un libro regalo de mi cumpleaños antepasado; donde Josè Agustìn con su narrativa de la onda pierde a unos niños en el cerro del tepozteco y en una aventura màgica entre deidades prehispànicas les concede el placer de viajar dentro de ellos mismos.
Tepoztlàn habìa tenido que esperar tras dos intentos vacacionales. Y esta vez, sin planearlo, terminè recorriendo sus calles desde temprano y con la mejor compañìa; deliciosa, ineludible y natural como el propio destino.
