
Lázaro fue un hombre que dejó correr su juventud a fines de los años 50s, en un México de zapatos polvosos que penas se acostumbraban al paisaje urbano. Lázaro y los tranvías, los sombreros y las señoritas piernudas con medias de costuras en la pantorilla.
De vida triste, un hombre alcoholico que se quedó sólo, porque así lo decidió. Sin embargo iba cada navidad a la casa de mi abuela, su prima, muy catrin con gazné, abrigazo y zapato de charol. Dicen que siempre fue un borracho simpático y que lo caracterizaba una frase que a todos llenaba de gracia.
Emocionado y convencido, cerraba el puño de la mano derecha dejando el pulgar sobre la falange del dedo índice, y en un movimiento curvo que empezaba a la altura de hombro y acababa a la altura su antebrazo izquierdo,repetía la frase con una continuidad extraordinariamente acertada durante sus conversaciones: qué PÁ-dre es la vida,hija¡
Lo queríamos mucho y un día le llegó la cirrosis, dijo mi tía con tristeza al terminar su relato.
Lázaro, tenías tanta razón: qué PÁ-dre es la vida ¡